Burgundy, la película que se bebe a sorbos
Hay premios que se celebran con aplausos y otros que se brindan. El Premio Culinary Zinema de la 74ª edición del Festival de San Sebastián ha ido a parar a Burgundy, una película que huele a bodega antigua, a roble y a tierra húmeda de viñedo. Dotado con 10.000 euros, el galardón corona una obra que convierte la cultura del vino de Borgoña en una experiencia casi sensorial.
La sección, organizada conjuntamente por el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y Basque Culinary Center, vuelve a demostrar que en Donostia el cine también se saborea. Una ciudad donde la pantalla y la mesa llevan años conversando, como recuerdan otras citas del certamen, entre ellas la proyección de clásicos restaurados que han vuelto a brillar en San Sebastián.

Una Borgoña entre el sueño y la realidad
Firmada por los estadounidenses Michael Dweck, natural de Brooklyn, y Gregory Kershaw, de Utica, Burgundy juega a mezclar la no ficción con elementos de ficción. El resultado es un relato juguetón y onírico que se adentra en la exclusiva y seductora cultura vinícola de esta región francesa.
En sus imágenes, la tradición heredada sobrevive a través de rituales apasionados, donde el lujo y el placer se transmiten como un tesoro familiar. Uno imagina el crujido de las hojas en otoño, el frescor de las cavas y ese primer aroma que se escapa al descorchar una botella con historia. Y si la película despierta la sed de viajar entre viñedos, España ofrece rutas igual de apetecibles, como los vinos espumosos del Penedès y su revolución con sello propio.
Una cena para meterse en la película
La emoción no terminó con los créditos. Tras la proyección, Basque Culinary Center reunió a parte del elenco, al bodeguero Bertrand Devillard y a otras personalidades en una cena temática inspirada en el universo del filme.
La propuesta, concebida especialmente para la ocasión, llevó la Borgoña de la pantalla al plato. Y lo hizo con un acento muy donostiarra, porque detrás de los fogones había talento formado en la propia casa.
Seis manos y una misma mirada
La cena estuvo orquestada a seis manos por integrantes de la comunidad BCC Alumni. Por un lado, Álex Lizarraga y Édgar Jiménez, del restaurante Milla Lore. Por otro, Antonio Belotti, del Restaurante 887. Ambas casas, en Donostia-San Sebastián.
Los tres cocineros fundieron sus miradas en un menú de inspiración francesa, en diálogo constante con la cultura gastronómica y vinícola que recorre la película. Cada pase fue una invitación a descubrir los sabores, la identidad y el carácter de una de las grandes regiones gastronómicas y vinícolas de Francia.
«Lo que la película cuenta con imágenes, la cena lo contó con sabores»
Un maridaje con nombre propio
Ninguna cena borgoñona estaría completa sin sus vinos. El maridaje, seleccionado para la ocasión, reunió etiquetas de Château de Chamirey y Domaine des Perdrix, dos de las bodegas de Bertrand Devillard.
Copas que hablaban el mismo idioma que la película: el de la paciencia, el terruño y el tiempo. Un brindis perfecto para cerrar una velada en la que cine y cocina se entendieron sin necesidad de subtítulos. Un final a la altura de un premio que se celebra, también, alrededor de una mesa.
Un jurado con paladar
Cinco películas compitieron por el Premio a la Mejor Película Culinary Zinema. La decisión estuvo en manos de un jurado tan variado como sabroso.
Lo presidió la directora, guionista y productora Isabel Coixet. La acompañaron la periodista Cristina Jolonch y el cocinero, escritor y psicólogo Xabi Gutierrez. Tres miradas distintas, desde el cine, la palabra y los fogones, para premiar una obra que habla de todo a la vez.
Culinary Zinema, cine para comérselo
La sección se ha consolidado como una de las propuestas más originales del festival donostiarra. Cada edición demuestra que la gastronomía es también una forma de contar historias, de preservar tradiciones y de entender territorios.
Para el viajero gastronómico, es además una excusa perfecta para visitar San Sebastián durante el festival y combinar sesiones de cine con barras de pintxos, restaurantes de autor y sobremesas largas junto a la bahía de La Concha.
Brindar por el cine
Burgundy invita a mirar la copa con otros ojos. Detrás de cada vino hay generaciones, rituales y paisajes que merecen ser contados, y esta película lo hace con la misma delicadeza con la que se decanta un gran reserva. Si el cine te abre el apetito, la próxima parada está clara: una mesa en Donostia, una copa de Borgoña y el deseo de que la película no termine nunca.



